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4 de septiembre de 2012

La perfectibilidad democrática y el respeto a la ley

Luego de la declaración de validez de las elecciones que hizo el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, y que derivó en la entrega de la constancia de mayoría a Enrique Peña Nieto, varias son las lecciones a revisar:

1. Se confirma la perfectibilidad de la democracia en México y en cualquier otro lugar del mundo; esto es, no se trata de un sistema exento de yerros, sino en permanente construcción. Jamás se alcanzará la excelsitud, puesto que al modelo democrático cada vez se le imponen retos más complejos.

2. La calificación que del proceso electoral hizo el Tribunal fue legal, por más que diversos grupos hayan intentado presionar con actitudes amenazantes que a todas luces buscaban la anulación para cubrir sus frustraciones.

3. A lo largo de todo el proceso electoral hubo visos de inequidad que hacen pensar en un resultado injusto (algo muy distinto a lo legal) y ponen sobre la mesa la necesidad de instrumentar reformas para salvaguardar el equilibro en la competencia. La regulación de la participación de medios y el financiamiento seguirán siendo, por ejemplo, asuntos de discusión prioritaria.

4. De la misma manera que es condenable el despilfarro de recursos para tratar de hacerse del poder, lo es la descalificación sistemática de las instituciones por el hecho de no avalar reclamos indebidamente sustentados. No se vale que la izquierda ensalce al árbitro por confirmar su triunfo en el Distrito Federal o en cualquier otro estado, y lo descalifique por no hacerlo en la elección presidencial.

5. La imparcialidad y aplicación irrestricta de la ley (imperfecta si le quiere ver así, pero aprobada por todos) son y deben seguir siendo los principales atributos de nuestras instituciones electorales. Que nadie preconice su papel tan sólo porque le valida el triunfo, o lo denigre porque no lo hace.

6. Finalmente, a todos los mexicanos debe garantizarse el derecho a manifestarse, aun cuando el origen de sus reclamos no sea compartido por todos (de eso se trata la tolerancia). Sin embargo, el amparo constitucional para la libre manifestación de las ideas tiene su límite en el respeto al derecho de los demás de vivir tranquilos. La libertad jamás debe llegar al libertinaje.

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