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2 de septiembre de 2026

Ítaca, otra vez


Fui a ver “La Odisea”, la película dirigida y producida por Christopher Nolan. Salí del cine pensando en Poseidón y me dio un poco de vergüenza. A mi edad, después de todo lo que uno ha visto, seguir emocionándome con un dios de mal carácter que le tira rocas a un barco es casi infantil. Sin embargo, ahí estaba yo, todavía con el pecho apretado por la última hora de película, dándole vueltas a algo que había leído esa misma semana en varias reseñas: que Nolan había hecho una superproducción sin alma, mercantilista, casi indecente en su falta de sensibilidad hacia el poema homérico.

Me costó reconocerme en esas críticas. A mí me gustó la película. Me gustaron los efectos, la fotografía, la dimensión casi física del mar y, sobre todo, ese Odiseo cansado que interpreta Matt Damon, un héroe al que los años le han quitado la arrogancia de la juventud. Todo eso me llegó, aunque entiendo que haya quienes se irriten al ver reducidos veinticuatro cantos a tres horas de pantalla. Puede que las reseñas más duras tengan parte de razón. También es cierto que una película no es un tratado filológico ni pretende serlo, y me pregunto si no le exigimos a veces al cine algo que solo la lectura puede dar.

 

Lo curioso —y esto es lo que en realidad quería contar— es que, después de ver “La Odisea”, recordé “Ítaca”, el poema breve que Cavafis escribió en 1911 y en el que contempla el viaje de Odiseo desde lejos, como quien le habla a un hombre antes de emprender el camino.  Cavafis le pide que desee un viaje largo, lleno de aventuras y descubrimientos. Le dice que no tema a los lestrigones, a los cíclopes ni al feroz Poseidón. No los encontrará en su camino si mantiene en alto su ideal y conserva limpia el alma, porque esos monstruos, en última instancia, solo aparecen cuando uno los lleva consigo.

 

Es una lectura casi herética si se piensa bien. Homero necesitaba a los cíclopes reales y a Poseidón furioso de verdad para que hubiera épica. Cavafis se los quita al héroe y se los da al lector. Convierte la aventura exterior en una prueba interior, en un ejercicio de temple. Lo que importa ya no es vencer a Poseidón, sino impedir que el miedo termine convirtiéndose en nuestro propio Poseidón.

 

Pensándolo bien, el poema homérico tampoco ha permanecido intacto frente al tiempo. Durante siglos se ha discutido quién fue Homero, si existió como un autor único o si ese nombre reúne distintas voces transmitidas por la tradición oral. “La Ilíada” y “La Odisea”, tal como las conocemos hoy, llegaron hasta nosotros después de atravesar generaciones, lenguas y copistas. Antes de que Nolan hiciera su película, ya había habido muchas otras “Odiseas”: las de los aedos, las de los traductores, las de los lectores y las de quienes durante siglos volvieron a contar la misma historia.

 

Me detengo entonces en el poema y pienso que ahí aparece aquello que ninguna película puede captar por completo: la conciencia de que el viaje importa más que la llegada y de que Ítaca no espera al final como un premio. Su valor consiste, precisamente, en que el viajero necesita recorrer el mundo para comprender lo que significa regresar.

Por eso Cavafis imagina una Ítaca pobre, casi despojada de importancia material. Lo que Odiseo lleva consigo al llegar no son riquezas, sino experiencia y sabiduría. “Con la sabiduría ganada, con tanta experiencia, / habrás comprendido lo que las Ítacas significan”, escribe Cavafis.

 

La enseñanza es elocuente: después de tantos años, empezamos a sospechar que los monstruos de la vida no siempre están afuera. Algunos los llevamos dentro. Otros aparecen cuando les tenemos demasiado miedo.

 

En ese sentido, la película y el poema no compiten. Una convierte el miedo en espectáculo y nos hace mirar el mar; el otro le quita el disfraz de monstruo y nos devuelve la mirada hacia nosotros mismos. Hacia nuestra Ítaca, otra vez.

21 de abril de 2025

 Francisco: la esperanza como movimiento


Fue ungido el 13 de marzo de 2013 y, desde entonces, fue conquistando, paso a paso, la confianza del pueblo. Su figura, cercana y desafiante a la vez, pronto atrajo la atención de gobernantes y líderes mundiales implicados en problemáticas clave como la pobreza, la migración y la exclusión social.

A su estilo personal —disruptivo, directo y audaz frente a los desafíos de su tiempo— algunos lo llamaron “el Efecto Francisco”. Quiso a su Iglesia en salida, no replegada sobre sí misma, sino dispuesta a recorrer las calles, a encontrar a los necesitados y a buscar a los descarriados, con el propósito de no enfermarse en el encierro.

“La Iglesia —dijo— no es un establecimiento donde se despacha un producto que el público viene a recoger, sino un conjunto de personas que sale al encuentro de los demás, con una buena noticia que comunicar”. Esta pedagogía del encuentro —de la solidaridad, la comunicación y la misericordia— delineó su catequesis de la esperanza. No una esperanza pasiva, resignada a “esperar”, sino una actitud activa: no rendirse, levantarse, construir, insistir, avanzar.

Francisco nos enseñó así a ir más allá de la mera prudencia del mundo, más allá de lo que suele entenderse como sentido común, para atreverse a creer en lo imposible. ¿Qué es la esperanza, sino esa hermosa virtud que nos permite soñar, y sobre todo, caminar en la vida para alcanzar incluso aquello que parece inimaginable?

Esta reflexión evoca la antigua metáfora del dedo y la luna: cuando alguien señala la luna, podemos mirar hacia el cielo… o quedarnos mirando el dedo. El cambio está en aprender a mirar alto, a apuntar lejos, y a encender —con nuestra confianza y nuestras capacidades— una luz que ilumine el oscuro sendero que estamos llamados a recorrer.

En este tiempo de Pascua, el Papa Francisco avanza hacia la puerta. Como él mismo expresó, “la esperanza cristiana es la espera de algo que ya ha sido cumplido, y que se realizará verdaderamente para cada uno de nosotros”.

23 de octubre de 2024


La prosperidad, hija de la política

Cuando le otorgan el Premio Nobel a un científico o autor cuya obra ya has leído, se genera una satisfacción especial. Un reconocimiento de tal magnitud refuerza nuestra percepción sobre la calidad y el valor de su trabajo, valida nuestra experiencia como lectores al haber apreciado algo significativo y, además, abre la puerta a nuevas discusiones y perspectivas críticas sobre su obra.

Durante esta semana, experimenté una sensación similar al enterarme de que Simon Johnson, Daron Acemoglu y James Robinson fueron galardonados con el Premio Nobel de Economía por sus estudios sobre la desigualdad. Hace varios años leí y releí con atención su libro "Por qué fracasan los países: los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza", publicado en 2012. En esta obra se plantea el fundamento que justifica la decisión de la Real Academia de Ciencias de Suecia al conceder el premio: los autores demostraron la relación entre las instituciones y la prosperidad, además de desarrollar herramientas teóricas que explican por qué persisten las diferencias entre instituciones y cómo pueden cambiar.

La tesis principal de este ensayo resulta interesante, aunque no del todo novedosa. Según los autores, la condición económica y social de un país está determinada por la calidad de sus instituciones, principalmente las políticas. No son los aspectos geográficos, el clima, los recursos naturales, las fallas del mercado, la cultura ni la religión los factores decisivos. 

Las instituciones inclusivas son aquellas constitutivas de un estado de derecho en el que los ciudadanos tienen la posibilidad de participar en la organización y el control del gobierno, “fomentan la participación de la gran mayoría de las personas en actividades económicas que aprovechan mejor su talento y sus habilidades, y permiten que cada individuo pueda elegir lo que desea" (p.96). Además, garantizan el derecho a la propiedad privada, un sistema jurídico imparcial y un conjunto de servicios públicos de calidad que contribuyen a lograr la igualdad y la justicia social. 

Por el contrario, las instituciones extractivas son aquellas en las que se verifica el dominio político de una élite que usa y abusa del poder para su propio beneficio, en detrimento del resto de la sociedad.

Los autores citan varios ejemplos, entre ellos Egipto, un país empobrecido precisamente porque ha sido gobernado por una reducida élite que ha organizado la sociedad en beneficio propio a costa de la mayor parte de la población. El poder político se ha concentrado en pocas manos y se ha utilizado con la finalidad de crear una gran riqueza para quienes lo ostentan.

Aunque no existe una receta única para alcanzar la prosperidad, Acemoglu y Robinson sostienen que un factor crucial es la existencia de una democracia pluralista. Es fundamental que el poder político esté distribuido de manera equitativa en la sociedad, de modo que las élites no tengan tan fácil la tarea de extraer los recursos del resto de la población. Asimismo, es necesario contar con un Estado que posea cierto grado de centralización, donde se cumplan la ley y el orden.

En conclusión, basándonos en los argumentos que los autores exponen y defienden a lo largo de la obra, podemos afirmar que la clave del éxito y la prosperidad de un pueblo no reside exclusivamente en la implementación de más y mejores políticas económicas. Más bien, son las instituciones políticas las que desempeñan un papel decisivo en los resultados de este proceso.

Dichas instituciones determinan quién ejerce el poder y para qué fines se puede utilizar. Si la distribución del poder es restrictiva y se concentra en unos pocos, las instituciones políticas terminarán siendo limitadas e ineficaces. En cambio, las instituciones políticas inclusivas se caracterizan por una distribución más equitativa del poder y establecen límites claros a quienes lo ejercen. En lugar de concentrar el poder en una sola persona o en un pequeño grupo, este se distribuye entre una amplia coalición o pluralidad de grupos.

No nos hagamos bolas: sin confianza y sin instituciones políticas fuertes, no hay futuro.

 

12 de septiembre de 2024

 

Limerencia política

Cuando el enamoramiento por alguien o algo se vuelve obsesión, es muy común que los impulsos tiendan a ser incontrolables. Este sesgo emocional ocurre en muchos ámbitos, no solo en las relaciones de pareja, donde quizás sea más frecuente, sino también en el deporte, la moda o incluso en la política.

El estado de enamoramiento generalmente se asocia con una alegoría: se tiende a ver todo “color de rosa”, y si la persona que ha generado esa emoción corresponde, entonces se produce la magia. De lo contrario, nuestros sentidos caen presos en las redes de la limerencia.

Sí, limerencia. ¿Habías leído o escuchado la palabra?  Yo me la encontré hace apenas unas semanas en el libro "Funderelele y más hallazgos de la lengua", de la lingüista española Laura García Arroyo, quien se refiere al término como una atracción emocional y psicológica duradera que va más allá de la atracción superficial o la fascinación. Según la autora, es “el estado de enamoramiento en el que aparecen la pasión, excitación, deseo, fascinación y un listado de sentimientos e impulsos a veces incontrolables”.

De inmediato me aboqué a la búsqueda de esta palabra en otras fuentes, porque supuse que sería una interesante hipótesis aplicarla al caso de la política, sobre todo en los tiempos que vivimos, cuando la polarización que originan muchos temas parece motivada por atracciones románticas o sentimientos de obsesión hacia personas y proyectos. Acá abajo, en el pueblo, levantamos la bandera a favor de causas que pocas veces analizamos, porque nos vemos invadidos por un estado mental involuntario.

Limerencia no aparece registrada en el Diccionario de la Real Academia Española, aunque el observatorio de palabras de la misma institución señala que “la voz limerencia se documenta en algunas páginas de Internet como adaptación del inglés ‘limerence’ para aludir al amor romántico”. Es una especie de trastorno que se diferencia de la atracción porque no se enfoca en la apariencia física o las habilidades, sino en la conexión emocional y psicológica con alguien o algo.

Permítanme la hipótesis: la limerencia en la política existe, porque, aun cuando muchas ideas que se agitan y ventilan en el mundo del poder se hilan con la razón, en realidad tienen una profunda raíz emocional. Por ello, vemos a simpatizantes y correligionarios de partidos políticos y grupos de poder desgarrarse las vestiduras por defender posiciones que pocas veces entienden, como el enamorado obsesionado que pierde el control de sus emociones por la persona amada, aun sin ser correspondido.

Esto explica por qué hay políticos que sustentan sus discursos en las emociones y los sentimientos de la gente. Convencen más con mensajes de miedo o promesas de seguridad que con programas o proyectos razonables para resolver problemas públicos. Además, se valen de ceremonias, rituales públicos, canciones, símbolos, poesía, historias de vida y muchos elementos más para reforzar las conexiones emocionales, los sentimientos, el amor.

Ya ven, no estaba equivocado Rousseau cuando manifestó que el Estado debía procurar el desarrollo de ceremonias y rituales que generaran vínculos de amor y convirtieran a los ciudadanos en súbditos fieles.

Lecciones de Plutarco 

Plutarco nació en Queronea (Beocia), en la Grecia central, y vivió y desarrolló su actividad literaria y pedagógica entre los siglos I y II d.C., cuando Grecia era una provincia del Imperio romano. Se educó en Atenas y ocupó cargos en la administración de su ciudad, donde fundó una Academia de inspiración platónica. Dentro de su vasta obra, son destacables los tratados “A un gobernante falto de instrucción" y "Consejos políticos". De esta última obra, me permito extraer las siguientes dos lecciones, muy importantes para evitar que la emoción, la pasión o el denominado amor político se desborden sin razón, es decir, para contener la limerencia: 

1. De todas las clases de amor, el que surge en las ciudades y los pueblos hacia un individuo a causa de su virtud es el más fuerte y el más divino, no el que nace por motivo de grandes dispendios. 

2. En política debemos moderar nuestro deseo de honores, pues es igual de pernicioso que el amor por el dinero, sabiendo que el verdadero honor lo tenemos dentro de nosotros, que crece con la reflexión y la contemplación de nuestras actuaciones políticas y que no debe ser considerado como un salario por las mismas, pues el honor mejor y más seguro es el que se distingue por su sencillez.