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4 de septiembre de 2026

 

Farmear aura: la nueva manía juvenil


Dos adolescentes se colocan uno frente al otro en una plaza. El primero salta y celebra un gol imaginario, copiando el gesto de Cristiano Ronaldo. El segundo marca la mandíbula, adelanta ligeramente el mentón y clava la mirada en su adversario, una pose que TikTok bautizó como “mewing” —maullido— y de la que, por cierto, existen hasta tutoriales. Alrededor, un grupo de desconocidos hace de jurado. Silban, graban con el teléfono, ríen y aplauden. Uno consigue una reacción más ruidosa que el otro y, por lo tanto, gana la ronda.

 En el lenguaje de quienes practican estas batallas, eso es “farmear aura”, es decir, acumular, gesto a gesto, una especie de puntuación invisible de carisma, presencia y dominio escénico. El verbo “farmear” viene de los videojuegos, donde designa la repetición insistente de una tarea para obtener recursos y subir de nivel.

 Se lo he planteado a mis alumnos de la universidad, una generación que, en teoría, debería encontrarse mucho más cerca de este lenguaje que yo. La respuesta ha sido casi unánime: les parece un sinsentido. Lo curioso es que, una vez que empiezan a hablar del asunto, le dedican a la discusión bastante más tiempo del que dedicarían a cualquier cosa que de verdad les resultara indiferente.

Este verano, el concepto saltó de la pantalla al espacio físico. Frente al Palacio de Bellas Artes, en Ciudad de México; en el parque Tomás Garrido Canabal, en Villahermosa; y en espacios de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco se han celebrado ya algunas de estas batallas de aura.

Nada de esto es nuevo, aunque cada generación jure que sí. El siglo pasado tuvo también sus manías corporales. En los años veinte, mientras el jazz y los récords olímpicos provocaban furor, un especialista en acrobacias llamado Alvin "Shipwreck" Kelly se subió a un asta de bandera y se quedó ahí, literalmente, hasta cuarenta y nueve días seguidos; la hazaña le reportaba más dinero al día que un obrero en una semana, y sus imitadores se multiplicaron por el país.

Por aquella misma época, los maratones de baile llenaban salones con parejas dispuestas a bailar durante días y semanas, mientras un público cada vez más numeroso pagaba por contemplar cuánto podía resistir un cuerpo antes de rendirse.

Ochenta años después, en 2011, millones de personas se tumbaban boca abajo, rígidas como tablas, sobre cualquier superficie imaginable y subían la fotografía a internet con el hashtag “planking”. La ocurrencia parecía inofensiva hasta que la muerte de un joven australiano, que intentó hacerlo desde un séptimo piso, mostró de manera brutal el punto en que una broma colectiva puede convertirse en otra cosa.

La lista podría alargarse con los primeros cazadores de Pokémon invadiendo parques y plazas en 2016, o con la comunidad therian, jóvenes que se identifican espiritualmente con un animal y adoptan sus gestos en vídeos cortos.

El antropólogo holandés Johan Huizinga escribió hace casi noventa años que el ser humano no juega porque le sobre tiempo, sino que la cultura misma nace jugando (Homo Ludens, 1938). Casi todo lo que llamamos civilización guarda la estructura de un juego con reglas propias, un espacio y un tiempo aparte de la vida ordinaria. Farmear aura encaja bastante bien en esa definición. Nadie cree de verdad que existan puntos de aura, pero esa aceptación compartida y momentánea de una regla sin consecuencias reales es, para Huizinga, la esencia misma del juego, no una rareza de la juventud contemporánea.

Émile Durkheim, a su vez, puso nombre a otra dimensión de lo que ocurre cuando un grupo se reúne alrededor de un gesto compartido. Habló de “efervescencia colectiva”, esa energía que surge de la proximidad de los cuerpos, de la emoción compartida y de la repetición de un mismo acto; una intensidad que difícilmente produciría cada individuo por separado.

Tal vez eso explique por qué estas batallas necesitan una plaza y no solamente una pantalla. Hay algo que ocurre cuando el gesto encuentra espectadores de carne y hueso. La psicóloga venezolana María Eugenia Tovar ha señalado, al referirse al fenómeno, una paradoja interesante: para una generación acostumbrada a relacionarse a través de pantallas, estas competiciones pueden terminar propiciando, precisamente, el encuentro presencial.

No parece tratarse de una prueba de estupidez colectiva, como sugieren quienes se apresuran a condenar el fenómeno. Pienso que una generación que ha crecido midiendo su valor social en likes y capturas de pantalla encuentra, en la batalla de aura, una forma de poner a prueba ese valor ante testigos que no pueden borrarse ni editarse.

En la inmensa mayoría de las ocasiones, la cosa no pasa de una pachanga escolar. El riesgo, como ocurrió con el “planking”, aparece cuando la búsqueda de una pose cada vez más arriesgada empuja el cuerpo a un lugar peligroso.

Estas fiebres colectivas se agotan muy rápido porque llega el momento en que la pose se vuelve previsible; el público se aburre y entonces aparece otra cosa. Así pasó con las tendencias anteriores y a la batalla de aura le va a pasar lo mismo. Un día dejará de haber público en la plaza, alguien subirá el último video con pocas vistas, y ahí se acaba todo, sin ceremonia. Mis alumnos ya me avisaron que para entonces estarán haciendo otra cosa.

 

 

2 de septiembre de 2026

Ítaca, otra vez


Fui a ver “La Odisea”, la película dirigida y producida por Christopher Nolan. Salí del cine pensando en Poseidón y me dio un poco de vergüenza. A mi edad, después de todo lo que uno ha visto, seguir emocionándome con un dios de mal carácter que le tira rocas a un barco es casi infantil. Sin embargo, ahí estaba yo, todavía con el pecho apretado por la última hora de película, dándole vueltas a algo que había leído esa misma semana en varias reseñas: que Nolan había hecho una superproducción sin alma, mercantilista, casi indecente en su falta de sensibilidad hacia el poema homérico.

Me costó reconocerme en esas críticas. A mí me gustó la película. Me gustaron los efectos, la fotografía, la dimensión casi física del mar y, sobre todo, ese Odiseo cansado que interpreta Matt Damon, un héroe al que los años le han quitado la arrogancia de la juventud. Todo eso me llegó, aunque entiendo que haya quienes se irriten al ver reducidos veinticuatro cantos a tres horas de pantalla. Puede que las reseñas más duras tengan parte de razón. También es cierto que una película no es un tratado filológico ni pretende serlo, y me pregunto si no le exigimos a veces al cine algo que solo la lectura puede dar.

 

Lo curioso —y esto es lo que en realidad quería contar— es que, después de ver “La Odisea”, recordé “Ítaca”, el poema breve que Cavafis escribió en 1911 y en el que contempla el viaje de Odiseo desde lejos, como quien le habla a un hombre antes de emprender el camino.  Cavafis le pide que desee un viaje largo, lleno de aventuras y descubrimientos. Le dice que no tema a los lestrigones, a los cíclopes ni al feroz Poseidón. No los encontrará en su camino si mantiene en alto su ideal y conserva limpia el alma, porque esos monstruos, en última instancia, solo aparecen cuando uno los lleva consigo.

 

Es una lectura casi herética si se piensa bien. Homero necesitaba a los cíclopes reales y a Poseidón furioso de verdad para que hubiera épica. Cavafis se los quita al héroe y se los da al lector. Convierte la aventura exterior en una prueba interior, en un ejercicio de temple. Lo que importa ya no es vencer a Poseidón, sino impedir que el miedo termine convirtiéndose en nuestro propio Poseidón.

 

Pensándolo bien, el poema homérico tampoco ha permanecido intacto frente al tiempo. Durante siglos se ha discutido quién fue Homero, si existió como un autor único o si ese nombre reúne distintas voces transmitidas por la tradición oral. “La Ilíada” y “La Odisea”, tal como las conocemos hoy, llegaron hasta nosotros después de atravesar generaciones, lenguas y copistas. Antes de que Nolan hiciera su película, ya había habido muchas otras “Odiseas”: las de los aedos, las de los traductores, las de los lectores y las de quienes durante siglos volvieron a contar la misma historia.

 

Me detengo entonces en el poema y pienso que ahí aparece aquello que ninguna película puede captar por completo: la conciencia de que el viaje importa más que la llegada y de que Ítaca no espera al final como un premio. Su valor consiste, precisamente, en que el viajero necesita recorrer el mundo para comprender lo que significa regresar.

Por eso Cavafis imagina una Ítaca pobre, casi despojada de importancia material. Lo que Odiseo lleva consigo al llegar no son riquezas, sino experiencia y sabiduría. “Con la sabiduría ganada, con tanta experiencia, / habrás comprendido lo que las Ítacas significan”, escribe Cavafis.

 

La enseñanza es elocuente: después de tantos años, empezamos a sospechar que los monstruos de la vida no siempre están afuera. Algunos los llevamos dentro. Otros aparecen cuando les tenemos demasiado miedo.

 

En ese sentido, la película y el poema no compiten. Una convierte el miedo en espectáculo y nos hace mirar el mar; el otro le quita el disfraz de monstruo y nos devuelve la mirada hacia nosotros mismos. Hacia nuestra Ítaca, otra vez.

21 de abril de 2025

 Francisco: la esperanza como movimiento


Fue ungido el 13 de marzo de 2013 y, desde entonces, fue conquistando, paso a paso, la confianza del pueblo. Su figura, cercana y desafiante a la vez, pronto atrajo la atención de gobernantes y líderes mundiales implicados en problemáticas clave como la pobreza, la migración y la exclusión social.

A su estilo personal —disruptivo, directo y audaz frente a los desafíos de su tiempo— algunos lo llamaron “el Efecto Francisco”. Quiso a su Iglesia en salida, no replegada sobre sí misma, sino dispuesta a recorrer las calles, a encontrar a los necesitados y a buscar a los descarriados, con el propósito de no enfermarse en el encierro.

“La Iglesia —dijo— no es un establecimiento donde se despacha un producto que el público viene a recoger, sino un conjunto de personas que sale al encuentro de los demás, con una buena noticia que comunicar”. Esta pedagogía del encuentro —de la solidaridad, la comunicación y la misericordia— delineó su catequesis de la esperanza. No una esperanza pasiva, resignada a “esperar”, sino una actitud activa: no rendirse, levantarse, construir, insistir, avanzar.

Francisco nos enseñó así a ir más allá de la mera prudencia del mundo, más allá de lo que suele entenderse como sentido común, para atreverse a creer en lo imposible. ¿Qué es la esperanza, sino esa hermosa virtud que nos permite soñar, y sobre todo, caminar en la vida para alcanzar incluso aquello que parece inimaginable?

Esta reflexión evoca la antigua metáfora del dedo y la luna: cuando alguien señala la luna, podemos mirar hacia el cielo… o quedarnos mirando el dedo. El cambio está en aprender a mirar alto, a apuntar lejos, y a encender —con nuestra confianza y nuestras capacidades— una luz que ilumine el oscuro sendero que estamos llamados a recorrer.

En este tiempo de Pascua, el Papa Francisco avanza hacia la puerta. Como él mismo expresó, “la esperanza cristiana es la espera de algo que ya ha sido cumplido, y que se realizará verdaderamente para cada uno de nosotros”.

23 de octubre de 2024


La prosperidad, hija de la política

Cuando le otorgan el Premio Nobel a un científico o autor cuya obra ya has leído, se genera una satisfacción especial. Un reconocimiento de tal magnitud refuerza nuestra percepción sobre la calidad y el valor de su trabajo, valida nuestra experiencia como lectores al haber apreciado algo significativo y, además, abre la puerta a nuevas discusiones y perspectivas críticas sobre su obra.

Durante esta semana, experimenté una sensación similar al enterarme de que Simon Johnson, Daron Acemoglu y James Robinson fueron galardonados con el Premio Nobel de Economía por sus estudios sobre la desigualdad. Hace varios años leí y releí con atención su libro "Por qué fracasan los países: los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza", publicado en 2012. En esta obra se plantea el fundamento que justifica la decisión de la Real Academia de Ciencias de Suecia al conceder el premio: los autores demostraron la relación entre las instituciones y la prosperidad, además de desarrollar herramientas teóricas que explican por qué persisten las diferencias entre instituciones y cómo pueden cambiar.

La tesis principal de este ensayo resulta interesante, aunque no del todo novedosa. Según los autores, la condición económica y social de un país está determinada por la calidad de sus instituciones, principalmente las políticas. No son los aspectos geográficos, el clima, los recursos naturales, las fallas del mercado, la cultura ni la religión los factores decisivos. 

Las instituciones inclusivas son aquellas constitutivas de un estado de derecho en el que los ciudadanos tienen la posibilidad de participar en la organización y el control del gobierno, “fomentan la participación de la gran mayoría de las personas en actividades económicas que aprovechan mejor su talento y sus habilidades, y permiten que cada individuo pueda elegir lo que desea" (p.96). Además, garantizan el derecho a la propiedad privada, un sistema jurídico imparcial y un conjunto de servicios públicos de calidad que contribuyen a lograr la igualdad y la justicia social. 

Por el contrario, las instituciones extractivas son aquellas en las que se verifica el dominio político de una élite que usa y abusa del poder para su propio beneficio, en detrimento del resto de la sociedad.

Los autores citan varios ejemplos, entre ellos Egipto, un país empobrecido precisamente porque ha sido gobernado por una reducida élite que ha organizado la sociedad en beneficio propio a costa de la mayor parte de la población. El poder político se ha concentrado en pocas manos y se ha utilizado con la finalidad de crear una gran riqueza para quienes lo ostentan.

Aunque no existe una receta única para alcanzar la prosperidad, Acemoglu y Robinson sostienen que un factor crucial es la existencia de una democracia pluralista. Es fundamental que el poder político esté distribuido de manera equitativa en la sociedad, de modo que las élites no tengan tan fácil la tarea de extraer los recursos del resto de la población. Asimismo, es necesario contar con un Estado que posea cierto grado de centralización, donde se cumplan la ley y el orden.

En conclusión, basándonos en los argumentos que los autores exponen y defienden a lo largo de la obra, podemos afirmar que la clave del éxito y la prosperidad de un pueblo no reside exclusivamente en la implementación de más y mejores políticas económicas. Más bien, son las instituciones políticas las que desempeñan un papel decisivo en los resultados de este proceso.

Dichas instituciones determinan quién ejerce el poder y para qué fines se puede utilizar. Si la distribución del poder es restrictiva y se concentra en unos pocos, las instituciones políticas terminarán siendo limitadas e ineficaces. En cambio, las instituciones políticas inclusivas se caracterizan por una distribución más equitativa del poder y establecen límites claros a quienes lo ejercen. En lugar de concentrar el poder en una sola persona o en un pequeño grupo, este se distribuye entre una amplia coalición o pluralidad de grupos.

No nos hagamos bolas: sin confianza y sin instituciones políticas fuertes, no hay futuro.