Me
costó reconocerme en esas críticas. A mí me gustó la película. Me gustaron los
efectos, la fotografía, la dimensión casi física del mar y, sobre todo, ese
Odiseo cansado que interpreta Matt Damon,
un héroe al que los años le han quitado la arrogancia de la juventud. Todo eso
me llegó, aunque entiendo que haya quienes se irriten al ver reducidos
veinticuatro cantos a tres horas de pantalla. Puede que las reseñas más duras
tengan parte de razón. También es cierto que una película no es un tratado
filológico ni pretende serlo, y me pregunto si no le exigimos a veces al cine
algo que solo la lectura puede dar.
Lo
curioso —y esto es lo que en realidad quería contar— es que, después de ver “La
Odisea”, recordé “Ítaca”, el poema breve que Cavafis escribió en 1911 y en el
que contempla el viaje de Odiseo desde lejos, como quien le habla a un hombre
antes de emprender el camino. Cavafis le
pide que desee un viaje largo, lleno de aventuras y descubrimientos. Le dice
que no tema a los lestrigones, a los cíclopes ni al feroz Poseidón. No los
encontrará en su camino si mantiene en alto su ideal y conserva limpia el alma,
porque esos monstruos, en última instancia, solo aparecen cuando uno los lleva
consigo.
Es una
lectura casi herética si se piensa bien. Homero necesitaba a los cíclopes
reales y a Poseidón furioso de verdad para que hubiera épica. Cavafis se los
quita al héroe y se los da al lector. Convierte la aventura exterior en una prueba
interior, en un ejercicio de temple. Lo que importa ya no es vencer a Poseidón,
sino impedir que el miedo termine convirtiéndose en nuestro propio Poseidón.
Pensándolo
bien, el poema homérico tampoco ha permanecido intacto frente al tiempo.
Durante siglos se ha discutido quién fue Homero, si existió como un autor único
o si ese nombre reúne distintas voces transmitidas por la tradición oral. “La
Ilíada” y “La Odisea”, tal como las conocemos hoy, llegaron hasta nosotros
después de atravesar generaciones, lenguas y copistas. Antes de que Nolan
hiciera su película, ya había habido muchas otras “Odiseas”: las de los aedos,
las de los traductores, las de los lectores y las de quienes durante siglos
volvieron a contar la misma historia.
Me detengo entonces en el poema y pienso que ahí aparece aquello que ninguna película puede captar por completo: la conciencia de que el viaje importa más que la llegada y de que Ítaca no espera al final como un premio. Su valor consiste, precisamente, en que el viajero necesita recorrer el mundo para comprender lo que significa regresar.
Por eso Cavafis
imagina una Ítaca pobre, casi despojada de importancia material. Lo que Odiseo
lleva consigo al llegar no son riquezas, sino experiencia y sabiduría. “Con la
sabiduría ganada, con tanta experiencia, / habrás comprendido lo que las Ítacas
significan”, escribe Cavafis.
La enseñanza es elocuente: después
de tantos años, empezamos a sospechar que los monstruos de la vida no siempre
están afuera. Algunos los llevamos dentro. Otros aparecen cuando les tenemos
demasiado miedo.
En ese sentido, la película y el
poema no compiten. Una convierte el miedo en espectáculo y nos hace mirar el
mar; el otro le quita el disfraz de monstruo y nos devuelve la mirada hacia
nosotros mismos. Hacia nuestra Ítaca, otra vez.


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