
¿Televisión educativa o televisión que educa? Aproximaciones conceptuales
Mario Cerino Madrigal
Febrero de 2001
La televisión es el medio de comunicación más poderoso de nuestro tiempo, y ocupa un lugar sobresaliente en la vida cotidiana de millones de personas. Día tras día, los programas de diversa índole transmitidos a través de este medio, influencian la visión que tenemos del mundo, de nuestros modelos culturales y la constitución del tejido social.
Precisamente por lo anterior, desde que la televisión apareció, es mucho lo que se ha dicho acerca del impacto que genera en la educación de las nuevas generaciones, y no son pocas las veces que se ha debatido sobre su eficacia como medio transmisor de información y cultura, así como la importancia que tiene con respecto a la formación de actitudes y valores en los alumnos.
Cada vez están más alejadas las voces de los que opinan que la televisión favorece la socialización del individuo y los que opinan que lo pervierten y hacen más violento. Éstos últimos sustentan sus afirmaciones en el creciente número de madres preocupadas por la educación de sus hijos, quienes se quejan de la enajenación que producen los programas televisivos. Y es que no en vano en nuestra cultura suele escucharse el calificativo de “teleniños” para referirse a aquellos infantes que invierten la mayor parte de su tiempo frente a la televisión.1
Algunos autores se han atrevido a señalar que una de las principales funciones de la escuela debería ser contrarrestar la “labor perniciosa de la televisión” y permitir que el alumno esté debidamente capacitado para defenderse de ella. Empero, frente a esta postura se ubican quienes defienden al medio y se resisten a considerar al televidente como víctima de su poder hipnótico y receptor pasivo del producto audiovisual; prefieren verlo como usuario que conscientemente controla y selecciona la programación televisiva según sus intereses y necesidades. Es decir, no ven a la televisión como rival sino como complemento de la escuela.
Con base en este planteamiento inicial, y tomando como marco de referencia un ensayo de Francisco Martínez Sánchez2 acerca de la eficacia y pretensiones de la Televisión Educativa, en las siguientes líneas se tratará de explicar el término “Televisión Educativa”, al cual podemos atribuir más de una acepción.
Para tal efecto, las preguntas detonadoras son: ¿Existe realmente una Televisión Educativa? ¿Toda la televisión es educativa?
Vale precisar que como medio de comunicación masivo, se atribuyen a la televisión los tres principios que la prensa y la radio también comparten: formar, informar y entretener.
No es el propósito en esta ocasión analizar en detalle cada una de las funciones asignadas al medio, aunque sí es importante ahondar en el correspondiente a formar, debido a la proximidad que tiene con el tema que nos ocupa.
La palabra formar, es decir, “dar forma”, puede ser concebida en este caso como el proceso mediante el cual se modela algo de acuerdo a unos criterios establecidos. Si cuando decimos que uno de los propósitos de todos los medios de comunicación es formar, y aceptamos el término como sinónimo de educación, tendríamos que aceptar que aquello que suele llamarse Televisión Educativa no existe, sino que “toda la televisión es educativa”. A mi modo de ver, sin embargo, la diferencia que existe para dar por cierta esta afirmación es muy significativa.
Cuando el término formar se asume como función de los medios masivos, creo que se hace referencia a la idea de formar una opinión en base a la información previamente seleccionada y facilitada. La información, al ser en muchos casos subjetiva, puesto que interviene el juicio de quien la emite, sesga o inclina el punto de vista del receptor del mensaje.
Caso contrario ocurre cuando la acción formativa es asumida desde el punto de vista de la educación, porque puede pretender el mismo objetivo (formar una opinión en base a la información facilitada), pero poniendo a disposición del sujeto que se forma instrumentos de análisis, estrategias de pensamiento y fuentes de información diversas que le permiten definir su propia escala de valores y significados.
Vale decir, para simplificar lo anterior, que los medios tienen que ver con la imposición de contenidos y con ellos de significados, en tanto que la educación trata de desarrollar capacidades intelectuales y sociales que hagan posible que de manera individual, cada sujeto asigne significados a lo que le rodea. Vemos pues que no sólo se presenta en este asunto una aparente coincidencia, sino que hay oposición.
Una vez revisado el término formar, volvemos a las preguntas detonadoras expuestas líneas arriba: ¿Existe realmente una televisión educativa? ¿Toda la televisión es educativa?
Señala Francisco Martínez Sánchez que la televisión, como cualquier medio de comunicación que mediante un código establecido contiene información relevante con respecto a cualquier tema, puede ser utilizada dentro de un diseño curricular concreto con intenciones educativas. Esta afirmación dista mucho de que generalicemos diciendo que la televisión, por sí misma, puede ser educativa. Es el contexto en el que se inscribe lo que le da sentido y significación pedagógica, no el medio en sí. Por ejemplo: existen unas acciones con intención educativa que utilizan la tecnología de la televisión para salvar la distancia que separa a los alumnos de los centros convencionales de formación, acciones que comúnmente suelen denominarse Televisión Educativa. En segundo lugar, y como algo totalmente distinto, todo programa de televisión puede ser educativo en la medida en que se incorpore, conscientemente y con las funciones didácticas que se le asigne, a un diseño curricular concreto.
Por tanto, tenemos dos formas de entender el concepto de Televisión Educativa y, a la vez, dos formas de contemplar sus peculiaridades y características desde la pedagogía: como sistema de enseñanza y como canal o medio didáctico.
En primer lugar, como sistema de enseñanza, la Televisión Educativa responde a planes perfectamente diseñados en campos concretos del conocimiento, y utiliza el medio televisión como un instrumento más para tratar de aproximarse a los alumnos. Como se señaló antes, en este caso la televisión trata de superar la distancia física entre emisores y receptores, a la vez que acerca determinados contenidos.
Los sistemas de Televisión Educativa buscan, pues, atender a una población muy dispersa físicamente y en lugares donde a veces no es factible el establecimiento de sistemas cien por ciento presenciales, pretendiendo mejorar los sistemas convencionales de enseñanza a distancia.
Se trata de sistemas planificados que complementan los sistemas escolares presenciales (no los sustituyen) y que permiten acceder a la enseñanza a sujetos que deben utilizarlos o, de lo contrario, sin este medio tecnológico, no tendrían acceso al conocimiento.
Ahora bien, la segunda acepción de Televisión Educativa es la que hace referencia a los programas de televisión que son integrados (ya sea en directo o por vídeos) dentro de diseños curriculares de enseñanza presencial.
La televisión se transforma en un medio didáctico, en sentido estricto, capaz de mostrar determinados contenidos con una forma de representación diferente a la que utilizan otros medios. En este caso, ya no interesa superar el espacio que separa al profesor del alumno, sino que el interés se mantiene en los contenidos. Si admitimos esta idea, un programa de televisión es un medio didáctico en manos de un docente, quien decide integrarlo dentro de un diseño curricular concreto. Es el profesor quien hace que la televisión tenga carácter educativo, significación y valor didáctico, independientemente de su estructura.
Sin embargo, hay algunos problemas previos que es necesario considerar cuando se ve a la televisión como un medio didáctico.
La televisión tiene ciertas peculiaridades, impone unas formas singulares de ser vista que el docente no puede obviar y que en ocasiones se olvidan. Por ejemplo, la percepción que de la televisión tiene el alumno en el aula es la misma que ha desarrollado a lo largo del tiempo dentro de su espacio familiar; es decir, la televisión se asocia a situaciones de relajamiento y descanso. En muchos casos el medio es percibido por el alumno como “fácil”, sencillo de decodificar y por lo tanto muy fácil de aprehender. Mientras esta percepción persista -la de un medio sencillo que no requiere esfuerzo-, las posibilidades de aprendizaje son muy bajas, por lo que su eficacia como instrumento didáctico puede ser cuestionada.
Es importante, al respecto, que se saque a los alumnos de esas creencias creando las condiciones favorables para que tengan un cambio de actitud. Ello implica establecer exigencias con relación a los contenidos que se presentan a través de este medio y sobre los cuales al alumno se le haya advertido previamente, ya sea mediante los materiales que complementan los contenidos o por exposiciones preparatorias.
Hace falta que quienes se dedican a la enseñanza hagan mayores reflexiones pedagógicas oportunas, con el fin de que la televisión realmente sea una posibilidad y no únicamente un intento de mejorar las situaciones comunicativas y metodológicas dentro del aula.
De esta manera, el docente está obligado a crear los entornos necesarios para superar las limitaciones académicas a que haya lugar, creando un ambiente adecuado de atención, diseñando guías de observación de los programas videográficos o desarrollando materiales impresos complementarios y distintos a los que regularmente se le asignan.
No debe improvisar, sino preparar y planear sus actividades. Así, por ejemplo, después de la presentación de los programas puede organizar discusiones acerca del tema con el fin de sacar conclusiones, extraer las ideas principales o esenciales y responder preguntas alrededor del tema, evaluar distintos aspectos del programa o hacer otro tipo de dinámica que recree dicha presentación.
Por eso es importante reforzar las acciones orientadas a que el profesorado, al igual que en su momento se actualiza para el dominio de nuevos contenidos, reciba también formación permanente sobre el uso correcto de la televisión y sus programas en las aulas.
Cada maestro debe estar lo suficientemente preparado para lograr que la televisión no sea un fenómeno anecdótico y fruto de la novedad, sino consecuencia de la reflexión y la proyección de criterios pedagógicos sólidos.
Creo que sólo en la medida en que exista una preocupación real y previa por enseñar a los alumnos a traducir los mensajes audiovisuales a mensajes alfabéticos, y viceversa, podremos sacar el mayor de los provechos a esta herramienta tecnológica.
Referencias
1 “La sociedad teledirigida”, de Giovanni Sartori, es un libro cuyo título refiere implícitamente este fenómeno. Se encuentra editado por Taurus.
2 Francisco Martínez Sánchez es miembro de la Asociación para el Desarrollo de la Tecnología Aplicada a la Educación. Universidad de Murcia.
Mario Cerino Madrigal
Febrero de 2001
La televisión es el medio de comunicación más poderoso de nuestro tiempo, y ocupa un lugar sobresaliente en la vida cotidiana de millones de personas. Día tras día, los programas de diversa índole transmitidos a través de este medio, influencian la visión que tenemos del mundo, de nuestros modelos culturales y la constitución del tejido social.
Precisamente por lo anterior, desde que la televisión apareció, es mucho lo que se ha dicho acerca del impacto que genera en la educación de las nuevas generaciones, y no son pocas las veces que se ha debatido sobre su eficacia como medio transmisor de información y cultura, así como la importancia que tiene con respecto a la formación de actitudes y valores en los alumnos.
Cada vez están más alejadas las voces de los que opinan que la televisión favorece la socialización del individuo y los que opinan que lo pervierten y hacen más violento. Éstos últimos sustentan sus afirmaciones en el creciente número de madres preocupadas por la educación de sus hijos, quienes se quejan de la enajenación que producen los programas televisivos. Y es que no en vano en nuestra cultura suele escucharse el calificativo de “teleniños” para referirse a aquellos infantes que invierten la mayor parte de su tiempo frente a la televisión.1
Algunos autores se han atrevido a señalar que una de las principales funciones de la escuela debería ser contrarrestar la “labor perniciosa de la televisión” y permitir que el alumno esté debidamente capacitado para defenderse de ella. Empero, frente a esta postura se ubican quienes defienden al medio y se resisten a considerar al televidente como víctima de su poder hipnótico y receptor pasivo del producto audiovisual; prefieren verlo como usuario que conscientemente controla y selecciona la programación televisiva según sus intereses y necesidades. Es decir, no ven a la televisión como rival sino como complemento de la escuela.
Con base en este planteamiento inicial, y tomando como marco de referencia un ensayo de Francisco Martínez Sánchez2 acerca de la eficacia y pretensiones de la Televisión Educativa, en las siguientes líneas se tratará de explicar el término “Televisión Educativa”, al cual podemos atribuir más de una acepción.
Para tal efecto, las preguntas detonadoras son: ¿Existe realmente una Televisión Educativa? ¿Toda la televisión es educativa?
Vale precisar que como medio de comunicación masivo, se atribuyen a la televisión los tres principios que la prensa y la radio también comparten: formar, informar y entretener.
No es el propósito en esta ocasión analizar en detalle cada una de las funciones asignadas al medio, aunque sí es importante ahondar en el correspondiente a formar, debido a la proximidad que tiene con el tema que nos ocupa.
La palabra formar, es decir, “dar forma”, puede ser concebida en este caso como el proceso mediante el cual se modela algo de acuerdo a unos criterios establecidos. Si cuando decimos que uno de los propósitos de todos los medios de comunicación es formar, y aceptamos el término como sinónimo de educación, tendríamos que aceptar que aquello que suele llamarse Televisión Educativa no existe, sino que “toda la televisión es educativa”. A mi modo de ver, sin embargo, la diferencia que existe para dar por cierta esta afirmación es muy significativa.
Cuando el término formar se asume como función de los medios masivos, creo que se hace referencia a la idea de formar una opinión en base a la información previamente seleccionada y facilitada. La información, al ser en muchos casos subjetiva, puesto que interviene el juicio de quien la emite, sesga o inclina el punto de vista del receptor del mensaje.
Caso contrario ocurre cuando la acción formativa es asumida desde el punto de vista de la educación, porque puede pretender el mismo objetivo (formar una opinión en base a la información facilitada), pero poniendo a disposición del sujeto que se forma instrumentos de análisis, estrategias de pensamiento y fuentes de información diversas que le permiten definir su propia escala de valores y significados.
Vale decir, para simplificar lo anterior, que los medios tienen que ver con la imposición de contenidos y con ellos de significados, en tanto que la educación trata de desarrollar capacidades intelectuales y sociales que hagan posible que de manera individual, cada sujeto asigne significados a lo que le rodea. Vemos pues que no sólo se presenta en este asunto una aparente coincidencia, sino que hay oposición.
Una vez revisado el término formar, volvemos a las preguntas detonadoras expuestas líneas arriba: ¿Existe realmente una televisión educativa? ¿Toda la televisión es educativa?
Señala Francisco Martínez Sánchez que la televisión, como cualquier medio de comunicación que mediante un código establecido contiene información relevante con respecto a cualquier tema, puede ser utilizada dentro de un diseño curricular concreto con intenciones educativas. Esta afirmación dista mucho de que generalicemos diciendo que la televisión, por sí misma, puede ser educativa. Es el contexto en el que se inscribe lo que le da sentido y significación pedagógica, no el medio en sí. Por ejemplo: existen unas acciones con intención educativa que utilizan la tecnología de la televisión para salvar la distancia que separa a los alumnos de los centros convencionales de formación, acciones que comúnmente suelen denominarse Televisión Educativa. En segundo lugar, y como algo totalmente distinto, todo programa de televisión puede ser educativo en la medida en que se incorpore, conscientemente y con las funciones didácticas que se le asigne, a un diseño curricular concreto.
Por tanto, tenemos dos formas de entender el concepto de Televisión Educativa y, a la vez, dos formas de contemplar sus peculiaridades y características desde la pedagogía: como sistema de enseñanza y como canal o medio didáctico.
En primer lugar, como sistema de enseñanza, la Televisión Educativa responde a planes perfectamente diseñados en campos concretos del conocimiento, y utiliza el medio televisión como un instrumento más para tratar de aproximarse a los alumnos. Como se señaló antes, en este caso la televisión trata de superar la distancia física entre emisores y receptores, a la vez que acerca determinados contenidos.
Los sistemas de Televisión Educativa buscan, pues, atender a una población muy dispersa físicamente y en lugares donde a veces no es factible el establecimiento de sistemas cien por ciento presenciales, pretendiendo mejorar los sistemas convencionales de enseñanza a distancia.
Se trata de sistemas planificados que complementan los sistemas escolares presenciales (no los sustituyen) y que permiten acceder a la enseñanza a sujetos que deben utilizarlos o, de lo contrario, sin este medio tecnológico, no tendrían acceso al conocimiento.
Ahora bien, la segunda acepción de Televisión Educativa es la que hace referencia a los programas de televisión que son integrados (ya sea en directo o por vídeos) dentro de diseños curriculares de enseñanza presencial.
La televisión se transforma en un medio didáctico, en sentido estricto, capaz de mostrar determinados contenidos con una forma de representación diferente a la que utilizan otros medios. En este caso, ya no interesa superar el espacio que separa al profesor del alumno, sino que el interés se mantiene en los contenidos. Si admitimos esta idea, un programa de televisión es un medio didáctico en manos de un docente, quien decide integrarlo dentro de un diseño curricular concreto. Es el profesor quien hace que la televisión tenga carácter educativo, significación y valor didáctico, independientemente de su estructura.
Sin embargo, hay algunos problemas previos que es necesario considerar cuando se ve a la televisión como un medio didáctico.
La televisión tiene ciertas peculiaridades, impone unas formas singulares de ser vista que el docente no puede obviar y que en ocasiones se olvidan. Por ejemplo, la percepción que de la televisión tiene el alumno en el aula es la misma que ha desarrollado a lo largo del tiempo dentro de su espacio familiar; es decir, la televisión se asocia a situaciones de relajamiento y descanso. En muchos casos el medio es percibido por el alumno como “fácil”, sencillo de decodificar y por lo tanto muy fácil de aprehender. Mientras esta percepción persista -la de un medio sencillo que no requiere esfuerzo-, las posibilidades de aprendizaje son muy bajas, por lo que su eficacia como instrumento didáctico puede ser cuestionada.
Es importante, al respecto, que se saque a los alumnos de esas creencias creando las condiciones favorables para que tengan un cambio de actitud. Ello implica establecer exigencias con relación a los contenidos que se presentan a través de este medio y sobre los cuales al alumno se le haya advertido previamente, ya sea mediante los materiales que complementan los contenidos o por exposiciones preparatorias.
Hace falta que quienes se dedican a la enseñanza hagan mayores reflexiones pedagógicas oportunas, con el fin de que la televisión realmente sea una posibilidad y no únicamente un intento de mejorar las situaciones comunicativas y metodológicas dentro del aula.
De esta manera, el docente está obligado a crear los entornos necesarios para superar las limitaciones académicas a que haya lugar, creando un ambiente adecuado de atención, diseñando guías de observación de los programas videográficos o desarrollando materiales impresos complementarios y distintos a los que regularmente se le asignan.
No debe improvisar, sino preparar y planear sus actividades. Así, por ejemplo, después de la presentación de los programas puede organizar discusiones acerca del tema con el fin de sacar conclusiones, extraer las ideas principales o esenciales y responder preguntas alrededor del tema, evaluar distintos aspectos del programa o hacer otro tipo de dinámica que recree dicha presentación.
Por eso es importante reforzar las acciones orientadas a que el profesorado, al igual que en su momento se actualiza para el dominio de nuevos contenidos, reciba también formación permanente sobre el uso correcto de la televisión y sus programas en las aulas.
Cada maestro debe estar lo suficientemente preparado para lograr que la televisión no sea un fenómeno anecdótico y fruto de la novedad, sino consecuencia de la reflexión y la proyección de criterios pedagógicos sólidos.
Creo que sólo en la medida en que exista una preocupación real y previa por enseñar a los alumnos a traducir los mensajes audiovisuales a mensajes alfabéticos, y viceversa, podremos sacar el mayor de los provechos a esta herramienta tecnológica.
Referencias
1 “La sociedad teledirigida”, de Giovanni Sartori, es un libro cuyo título refiere implícitamente este fenómeno. Se encuentra editado por Taurus.
2 Francisco Martínez Sánchez es miembro de la Asociación para el Desarrollo de la Tecnología Aplicada a la Educación. Universidad de Murcia.

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