Mario Cerino Madrigal
Junio de 1999
Desde hace más de tres décadas, en diversas oportunidades y desde distintas ópticas o corrientes de pensamiento, numerosos escritores e investigadores anuncian la llegada de la sociedad de la información, aparejada por un conjunto de transformaciones económicas y sociales que, según sus observaciones, cambiarán aún más la base material de nuestra sociedad.
Quizá una de las manifestaciones más evidentes asociada a este conjunto de cambios sea la introducción generalizada de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación en todos los ámbitos de nuestras vidas, las cuales están cambiando radicalmente la manera en cómo hacemos las cosas: la manera de trabajar, de divertirnos, de relacionarnos y de aprender. De modo sutil también están cambiando nuestra forma de pensar.
La puerta de entrada de estas herramientas tecnológicas tiene múltiples formas: a veces mediante las sutilezas del mercado que se dirige a los individuos; otras, a partir de modificaciones globales que abarcan los Estados y sus instituciones y, en un sentido más amplio, la totalidad de la trama social.
Un rápido recorrido por los anuncios publicitarios muestra al respecto dos hechos significativos: primero, los diferentes niveles alcanzados por la expansión tecnológica en el campo de la comunicación; segundo, los grupos sociales tomados como blanco para la promoción de los nuevos productos. Videograbadoras, televisión digital, microcomputadoras, internet, telejuegos, son únicamente algunos de los elementos electrónicos que se combinan de manera diversa de acuerdo con las sociedades a las que se incorporan.
Es cierto que los instrumentos electrónicos se difunden en casi todos los sectores de la sociedad, sectores cuya brecha separadora (que no sólo es producto de las desigualdades económicas) no se cubre, sino que, por el contrario, se amplía y perfecciona. La posesión y uso desigual de los objetos marca con más nitidez la distancia entre unos sectores y otros, y reafirma el hábito de quedarse en casa en contraposición con el de andar en espacios exteriores.
Hace poco, por ejemplo, el periódico El Financiero dio cuenta del testimonio de un neolonés en el sentido de que la videograbadora y la televisión de uso restringido reemplazaban cada vez más sus salidas nocturnas, y que en virtud de que la ciudad se ha vuelto demasiado peligrosa, para evitar el riesgo en la calle, prefería que sus hijos vieran las películas en la casa en vez de ir al cine. En este caso, la obsesión por la seguridad individual ordenó la vida cotidiana. El hogar, la casa de cada uno, es cada vez más una guarida que supuestamente “protege contra el riesgo externo”.
Sin embargo, paradójicamente hoy la violencia también está en casa, pues los medios electrónicos han multiplicado los programas en que se asume acríticamente la idea de que la violencia se combate con violencia.
Ello ha ocasionado que la relación del ser humano con la tecnología asuma dimensiones cada vez más complejas. Por un lado, ciertamente ésta es indispensable para ampliar nuestros sentidos y capacidades, pero por el otro, se ha convertido en lo que el italiano Giovanni Sartori llama “erosionadora de conciencias” que cautiva y teledirige a la sociedad, y que tiene precisamente en la televisión a su más fuerte representante, como un medio avasallador que lo domina todo, al grado de que hasta la cultura, que en su significación más antigua quiere decir formación y mejoramiento del hombre, se ve entorpecida y el homo sapiens tiende a transformarse en homo videns.
Educación y tecnologías de la información; algunas repercusiones.
Partiendo de aquella idea de Sartori que señala que los medios de información, y especialmente la televisión, son administrados por la subcultura, por personas sin cultura que sustituyen todo en aras de la consecución del rating, se deduce la ruptura entre el propósito original de estas herramientas y el que han adquirido en el transcurso del tiempo.
Recordemos que, como en otros países del mundo, en México Internet hizo su aparición vinculada a proyectos educativos. Lo mismo sucedió con la televisión, medio que en 1998 celebró sus primeros 50 años de vida en nuestro país. Sin embargo, la expansión de ambos medios se ha dado fundamentalmente en el ámbito del entretenimiento, por razones de sobra conocidas. Al rating le importa la cantidad y no la calidad.
Visto desde el ámbito educativo, las consecuencias de todas estas manifestaciones las estamos viviendo día a día. Los medios electrónicos (además de los impresos que hacen también lo suyo) han producido una auténtica explosión en la cantidad de información que nos llega a las personas.
Un efecto asociado a esta explosión, fácilmente constatable, es el aumento del ruido en la comunicación. Hoy tenemos mucha información (o pseudo información), pero ¿estamos mejor informados? El problema ya no es conseguir información, sino seleccionar lo relevante entre la inmensa cantidad que nos bombardea y evitar la saturación y la consiguiente sobrecarga cognitiva.
Algunos autores han sugerido que los medios electrónicos de masas han transformado nuestra forma de percibir la realidad. Entre sus efectos están la disminución y dispersión de la atención; una cultura “mosaico”, sin profundidad; la falta de estructuración; la superficialidad; la estandarización de los mensajes; la información como espectáculo, etc. Los nuevos lenguajes audiovisuales han dado lugar a una cultura de la imagen en movimiento para la que, por ejemplo, la escuela, una institución primordialmente oral-libresca, no nos prepara. Peor aún, los medios de comunicación de masas han creado lo que se ha denominado una “industria de la conciencia”, una recreación mediatizada y manipulada de la realidad, al servicio de los intereses que controlan dichos medios y que ha sustituido en gran medida a la verdadera realidad.
Por otra parte, es habitual la confusión entre información y conocimiento. El conocimiento implica información interiorizada y adecuadamente integrada en las estructuras cognitivas de un sujeto. Es algo personal e intransferible: no podemos transmitir conocimientos, sólo información, que puede (o no) ser convertida en conocimiento por el receptor, en función de diversos factores (los conocimientos previos del sujeto, la adecuación de la información, su estructuración, etc.).
La educación debe dar una respuesta a estos problemas. La institución escolar, que nació entre otras cosas para proporcionar información, compite ahora con fuentes de una increíble credibilidad (valga la expresión) como la televisión, cuyo objetivo no es, evidentemente, ni formar, ni informar verazmente, ni educar sino más bien capturar audiencias masivas y venderlas a los anunciantes o, simplemente, ganar dinero.
Hacia la sociedad del aprendizaje
Según Papert (1993, pp. 1-2) la educación es un sector tradicionalmente poco dado a novedades y cambios.
Imagínese, dice, un grupo de viajeros del tiempo del siglo pasado, entre ellos un grupo de cirujanos y otro de maestros, que aparecieran en nuestros días para ver cómo habían cambiado las cosas en sus respectivas profesiones en cien o más años. Piensen en el “shock” del grupo de cirujanos asistiendo a una operación en un quirófano moderno. Sin duda podrían reconocer los órganos humanos pero les sería muy difícil imaginar qué se proponían hacer los cirujanos actuales con el paciente, los rituales de la antisepsia o las pantallas electrónicas, o las luces parpadeantes y los sonidos que producen los aparatos presentes. Los maestros viajeros del tiempo, por el contrario, sólo se sorprenderían por algunos objetos extraños de las escuelas modernas, notarían que algunas técnicas básicas habían cambiado (y probablemente no se pondrían de acuerdo entre ellos sobre si era para mejor o para peor), pero comprenderían perfectamente lo que se estaba intentando hacer en la clase y, al cabo de poco tiempo, podrían fácilmente seguir ellos mismos impartiéndola.
La moraleja del cuento es evidente: el sistema educativo no es precisamente un ambiente en el que la tecnología tenga un papel relevante para las tareas que allí se realizan. Es más, sus practicantes, tradicionalmente y salvo honrosas excepciones, se han mostrado bastante reacios a incorporar novedades en su estilo de hacer las cosas. Sin embargo, la actual revolución tecnológica afecta ya a la educación formal de múltiples maneras.
En el primer informe anual del Foro de la Sociedad de la Información a la Comisión Europea (Foro de la Sociedad de la Información, 1996) se afirma “El cambio –hacia la sociedad de la información- se produce a una velocidad tal que la persona sólo podrá adaptarse si la sociedad de la información se convierte en la sociedad del aprendizaje permanente”.
El ritmo de cambio de nuestra sociedad es tan rápido que los sistemas de formación inicial no pueden dar respuesta a todas sus necesidades presentes y futuras. Hace años que somos conscientes de que la formación debe prolongarse durante toda la vida y que el reciclaje y la formación continuada son elementos claves en una sociedad desarrollada y moderna. Sin embargo, los importantes cambios que las nuevas tecnologías están introduciendo en los puestos de trabajo han hecho este principio mucho más evidente que antes. Se están creando nuevos sectores productivos relacionados con dichas tecnologías, otros se transforman por la introducción de nuevas formas de organización y, finalmente, es posible que desaparezcan muchos puestos de trabajo como subproducto de la revolución tecnológica.
Por eso, en la sociedad de la información deberán crearse los mecanismos necesarios para que dicha formación continuada alcance a la gran cantidad de personas que, presumiblemente, van a necesitar nuevos conocimientos, habilidades y destrezas. En este punto, las nuevas tecnologías tienen un papel relevante, no sólo como contenido de la formación, sino como medio para hacer llegar dicha formación a sus destinatarios.
Uno de los peligros de la sociedad de la información que destacan los expertos es el hecho de dejar el desarrollo de las acciones formativas a la iniciativa privada y a las leyes del mercado. No existe ninguna garantía de que sin intervención de los poderes públicos se proporcione la necesaria formación a los grupos que más la necesitan, sólo a quien pueda pagarla. En diversos documentos se habla del peligro de una nueva fuente de discriminación, de una división entre “info-ricos” e “info-pobres”. Nuestra sociedad considera la información una mercancía más, sujeta a las leyes del mercado. Los poderes públicos deben garantizar el acceso de todos a la información y a la formación necesaria para ser unos ciudadanos críticos y responsables. Ya poseemos un conjunto de ideas sobre el papel de la escuela pública como elemento fundamental en la garantía del derecho a la educación y a una educación democrática. Parece evidente que el acceso a la formación a través de las nuevas tecnologías debe ser objeto de un tratamiento similar. Los países más avanzados están realizando esfuerzos importantes a fin de alfabetizar a los niños y jóvenes en estas herramientas, porque consideran que ya son un factor clave para su capacitación profesional, su desarrollo personal y, en conjunto, para la economía y el futuro del país.
BIBLIOGRAFÍA
* Adell, Jordi. (1997). Tendencias en educación en la sociedad de las tecnologías de la información. EDUTEC.
* Sartori, Giovanni. (1998). Homo videns. La sociedad teledirigida. Editorial Taurus.
* Bartolomé, A. (1996). Preparando para un nuevo modo de conocer. EDUTEC.
* Papert, S. (1993). Los niños y la máquina. Tecnologías en la escuela. Libros básicos.
* Revista Mexicana de Comunicación, número 55, julio-agosto de 1998.
* El Financiero, 5 y 6 de noviembre de 1998.
La educación debe dar una respuesta a estos problemas. La institución escolar, que nació entre otras cosas para proporcionar información, compite ahora con fuentes de una increíble credibilidad (valga la expresión) como la televisión, cuyo objetivo no es, evidentemente, ni formar, ni informar verazmente, ni educar sino más bien capturar audiencias masivas y venderlas a los anunciantes o, simplemente, ganar dinero.
Hacia la sociedad del aprendizaje
Según Papert (1993, pp. 1-2) la educación es un sector tradicionalmente poco dado a novedades y cambios.
Imagínese, dice, un grupo de viajeros del tiempo del siglo pasado, entre ellos un grupo de cirujanos y otro de maestros, que aparecieran en nuestros días para ver cómo habían cambiado las cosas en sus respectivas profesiones en cien o más años. Piensen en el “shock” del grupo de cirujanos asistiendo a una operación en un quirófano moderno. Sin duda podrían reconocer los órganos humanos pero les sería muy difícil imaginar qué se proponían hacer los cirujanos actuales con el paciente, los rituales de la antisepsia o las pantallas electrónicas, o las luces parpadeantes y los sonidos que producen los aparatos presentes. Los maestros viajeros del tiempo, por el contrario, sólo se sorprenderían por algunos objetos extraños de las escuelas modernas, notarían que algunas técnicas básicas habían cambiado (y probablemente no se pondrían de acuerdo entre ellos sobre si era para mejor o para peor), pero comprenderían perfectamente lo que se estaba intentando hacer en la clase y, al cabo de poco tiempo, podrían fácilmente seguir ellos mismos impartiéndola.
La moraleja del cuento es evidente: el sistema educativo no es precisamente un ambiente en el que la tecnología tenga un papel relevante para las tareas que allí se realizan. Es más, sus practicantes, tradicionalmente y salvo honrosas excepciones, se han mostrado bastante reacios a incorporar novedades en su estilo de hacer las cosas. Sin embargo, la actual revolución tecnológica afecta ya a la educación formal de múltiples maneras.
En el primer informe anual del Foro de la Sociedad de la Información a la Comisión Europea (Foro de la Sociedad de la Información, 1996) se afirma “El cambio –hacia la sociedad de la información- se produce a una velocidad tal que la persona sólo podrá adaptarse si la sociedad de la información se convierte en la sociedad del aprendizaje permanente”.
El ritmo de cambio de nuestra sociedad es tan rápido que los sistemas de formación inicial no pueden dar respuesta a todas sus necesidades presentes y futuras. Hace años que somos conscientes de que la formación debe prolongarse durante toda la vida y que el reciclaje y la formación continuada son elementos claves en una sociedad desarrollada y moderna. Sin embargo, los importantes cambios que las nuevas tecnologías están introduciendo en los puestos de trabajo han hecho este principio mucho más evidente que antes. Se están creando nuevos sectores productivos relacionados con dichas tecnologías, otros se transforman por la introducción de nuevas formas de organización y, finalmente, es posible que desaparezcan muchos puestos de trabajo como subproducto de la revolución tecnológica.
Por eso, en la sociedad de la información deberán crearse los mecanismos necesarios para que dicha formación continuada alcance a la gran cantidad de personas que, presumiblemente, van a necesitar nuevos conocimientos, habilidades y destrezas. En este punto, las nuevas tecnologías tienen un papel relevante, no sólo como contenido de la formación, sino como medio para hacer llegar dicha formación a sus destinatarios.
Uno de los peligros de la sociedad de la información que destacan los expertos es el hecho de dejar el desarrollo de las acciones formativas a la iniciativa privada y a las leyes del mercado. No existe ninguna garantía de que sin intervención de los poderes públicos se proporcione la necesaria formación a los grupos que más la necesitan, sólo a quien pueda pagarla. En diversos documentos se habla del peligro de una nueva fuente de discriminación, de una división entre “info-ricos” e “info-pobres”. Nuestra sociedad considera la información una mercancía más, sujeta a las leyes del mercado. Los poderes públicos deben garantizar el acceso de todos a la información y a la formación necesaria para ser unos ciudadanos críticos y responsables. Ya poseemos un conjunto de ideas sobre el papel de la escuela pública como elemento fundamental en la garantía del derecho a la educación y a una educación democrática. Parece evidente que el acceso a la formación a través de las nuevas tecnologías debe ser objeto de un tratamiento similar. Los países más avanzados están realizando esfuerzos importantes a fin de alfabetizar a los niños y jóvenes en estas herramientas, porque consideran que ya son un factor clave para su capacitación profesional, su desarrollo personal y, en conjunto, para la economía y el futuro del país.
BIBLIOGRAFÍA
* Adell, Jordi. (1997). Tendencias en educación en la sociedad de las tecnologías de la información. EDUTEC.
* Sartori, Giovanni. (1998). Homo videns. La sociedad teledirigida. Editorial Taurus.
* Bartolomé, A. (1996). Preparando para un nuevo modo de conocer. EDUTEC.
* Papert, S. (1993). Los niños y la máquina. Tecnologías en la escuela. Libros básicos.
* Revista Mexicana de Comunicación, número 55, julio-agosto de 1998.
* El Financiero, 5 y 6 de noviembre de 1998.

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