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12 de septiembre de 2024

 

Limerencia política

Cuando el enamoramiento por alguien o algo se vuelve obsesión, es muy común que los impulsos tiendan a ser incontrolables. Este sesgo emocional ocurre en muchos ámbitos, no solo en las relaciones de pareja, donde quizás sea más frecuente, sino también en el deporte, la moda o incluso en la política.

El estado de enamoramiento generalmente se asocia con una alegoría: se tiende a ver todo “color de rosa”, y si la persona que ha generado esa emoción corresponde, entonces se produce la magia. De lo contrario, nuestros sentidos caen presos en las redes de la limerencia.

Sí, limerencia. ¿Habías leído o escuchado la palabra?  Yo me la encontré hace apenas unas semanas en el libro "Funderelele y más hallazgos de la lengua", de la lingüista española Laura García Arroyo, quien se refiere al término como una atracción emocional y psicológica duradera que va más allá de la atracción superficial o la fascinación. Según la autora, es “el estado de enamoramiento en el que aparecen la pasión, excitación, deseo, fascinación y un listado de sentimientos e impulsos a veces incontrolables”.

De inmediato me aboqué a la búsqueda de esta palabra en otras fuentes, porque supuse que sería una interesante hipótesis aplicarla al caso de la política, sobre todo en los tiempos que vivimos, cuando la polarización que originan muchos temas parece motivada por atracciones románticas o sentimientos de obsesión hacia personas y proyectos. Acá abajo, en el pueblo, levantamos la bandera a favor de causas que pocas veces analizamos, porque nos vemos invadidos por un estado mental involuntario.

Limerencia no aparece registrada en el Diccionario de la Real Academia Española, aunque el observatorio de palabras de la misma institución señala que “la voz limerencia se documenta en algunas páginas de Internet como adaptación del inglés ‘limerence’ para aludir al amor romántico”. Es una especie de trastorno que se diferencia de la atracción porque no se enfoca en la apariencia física o las habilidades, sino en la conexión emocional y psicológica con alguien o algo.

Permítanme la hipótesis: la limerencia en la política existe, porque, aun cuando muchas ideas que se agitan y ventilan en el mundo del poder se hilan con la razón, en realidad tienen una profunda raíz emocional. Por ello, vemos a simpatizantes y correligionarios de partidos políticos y grupos de poder desgarrarse las vestiduras por defender posiciones que pocas veces entienden, como el enamorado obsesionado que pierde el control de sus emociones por la persona amada, aun sin ser correspondido.

Esto explica por qué hay políticos que sustentan sus discursos en las emociones y los sentimientos de la gente. Convencen más con mensajes de miedo o promesas de seguridad que con programas o proyectos razonables para resolver problemas públicos. Además, se valen de ceremonias, rituales públicos, canciones, símbolos, poesía, historias de vida y muchos elementos más para reforzar las conexiones emocionales, los sentimientos, el amor.

Ya ven, no estaba equivocado Rousseau cuando manifestó que el Estado debía procurar el desarrollo de ceremonias y rituales que generaran vínculos de amor y convirtieran a los ciudadanos en súbditos fieles.

Lecciones de Plutarco 

Plutarco nació en Queronea (Beocia), en la Grecia central, y vivió y desarrolló su actividad literaria y pedagógica entre los siglos I y II d.C., cuando Grecia era una provincia del Imperio romano. Se educó en Atenas y ocupó cargos en la administración de su ciudad, donde fundó una Academia de inspiración platónica. Dentro de su vasta obra, son destacables los tratados “A un gobernante falto de instrucción" y "Consejos políticos". De esta última obra, me permito extraer las siguientes dos lecciones, muy importantes para evitar que la emoción, la pasión o el denominado amor político se desborden sin razón, es decir, para contener la limerencia: 

1. De todas las clases de amor, el que surge en las ciudades y los pueblos hacia un individuo a causa de su virtud es el más fuerte y el más divino, no el que nace por motivo de grandes dispendios. 

2. En política debemos moderar nuestro deseo de honores, pues es igual de pernicioso que el amor por el dinero, sabiendo que el verdadero honor lo tenemos dentro de nosotros, que crece con la reflexión y la contemplación de nuestras actuaciones políticas y que no debe ser considerado como un salario por las mismas, pues el honor mejor y más seguro es el que se distingue por su sencillez.

9 de junio de 2022

                                   Los niños lobo

Terminé de leer hace poco la novela histórica “Bajo la sombra de los lobos”, del escritor y dramaturgo lituano Alvydas Slepikas, una obra que cuenta los periplos de los niños alemanes de Prusia Oriental que, al terminar la Segunda Guerra Mundial, se atrevieron a cruzar los bosques y la frontera para alcanzar Lituania.

En medio de un dramático escenario, enfrentados al hambre, la nieve y el frío, estos niños vagaban mendigando, pidiendo a los granjeros pan, trabajo y un techo para pasar la noche. Muchos se quedaron sin padres que les ayudaran a soportar la carga de las repercusiones del conflicto. Experimentaron en carne propia la crueldad y la violencia, pero también fueron objeto de una profunda solidaridad que encendió en ellos la esperanza.

Los llamaban los niños lobo porque fueron comparados con animales errantes y hambrientos. Quedaron aislados de la humanidad y se vieron obligados a vagar para sobrevivir. Pero no solo eso, sino que también fueron despojados del idioma, la familia y el hogar, tres de los elementos identitarios más importantes, en edades muy sensibles.

A cambio, recibieron una vida de trabajo en condiciones durísimas, normalmente con la educación mínima y en la clandestinidad. Tuvieron que pagar por los errores, la ambición y los desvaríos del régimen nazi.

En la novela, el autor refleja con crudeza esos días aciagos, cuando las tropas del Ejército Rojo irrumpieron en Prusia Oriental con la fiereza de una estampida de psicópatas clamando venganza y violando a miles de alemanas que se encontraban en su camino.

Algunos soldados, quemados y embrutecidos por varios años de guerra, consideraban que los niños alemanes no eran sino hombres en estado embrionario, por lo que debían ser asesinados antes de que creciesen y volvieran a invadir Rusia.

Al investigar más sobre el tema, descubro que muchos de estos niños, hoy ya personas muy longevas, son testigos fieles de que el trauma de una guerra o un conflicto anida en lo más profundo de las sociedades y trasciende generaciones.

Sus vidas son lecciones perdurables. Lecciones de resiliencia, porque a pesar del duro calvario nunca desfallecieron y lograron salir adelante. Varios de ellos, por cierto, se convirtieron en célebres pedagogos.

Es difícil no relacionar el tema con la situación que atraviesan millones de refugiados en el mundo, o migrantes que emprenden el éxodo en busca de mejores condiciones para vivir, expuestos a vejaciones y riesgos. Parecieran lecciones no aprendidas por la humanidad.

Recomiendo ampliamente la novela, calificada por The Times como “Mejor obra de ficción histórica del año 2019”. Un vibrante y poderoso texto, de lectura ágil, adictivo y necesario, ahora que el olvido se vuelve peligroso.



 

22 de julio de 2020


Sabia virtud de conocer el tiempo

“Sabia virtud de conocer el tiempo”, expresa uno de los versos del soneto de Renato Leduc, popularizado por José José y Marco Antonio Muñiz, y que en otra de sus partes dice, como el refrán, “dar tiempo al tiempo”. Pues resulta que, por todos lados, en oriente y occidente, abundan los políticos que suelen manipular el tiempo para sacar provecho. Algunos lo adelantan o se anticipan, lo que no significa “ser adelantados a su época”; más bien, precipitan sus intereses con el afán de hacerse de un nuevo cargo, sin importar lo complicado de los escenarios actuales. Otros, atrasan el tiempo a conveniencia, aplicando políticas y doctrinas antiguas que en nada corresponden a las exigencias contemporáneas.

Los primeros, carecen de oficio público. Es cierto que en un año previo al proceso electoral suelen agitarse las aguas, pero ellos utilizan con descaro los efectos de la pandemia para aumentar su popularidad.

Los segundos, son trasnochados que se aferran a representaciones y usos políticos del pasado, ya sea porque su pensamiento fue incapaz de evolucionar para entender la nueva dinámica mundial, o porque perdieron privilegios que están ansiosos de recuperar.

En ambos casos, su falta de pericia para entender los tiempos termina por definirlos. Exhiben una sobrada insensatez y sus miradas de bajo vuelo explican su incapacidad para generar acuerdos que no sean electorales. Lo terrible es que los políticos insensatos –los totalitarios y personalistas- por mucho juicio que recobren nunca podrán resarcir los daños.

Bien les vale a unos y otros tener presente la sabia sentencia de la fábula de los tres relojes, publicada en 1849 en el libro “Apólogos o Fábulas Políticas”, cuyos cadenciosos versos dicen lo siguiente:

Sucede que había tres relojes de diferentes tamaños colgados en sus clavos y entre ellos se divertían; su vida y sus milagros repetían:

Yo –dijo el primero- nací en Suiza. Por lo mismo soy republicano y sirvo a un madrileño, por quien hago que amanezca más temprano, pues me da buenos frutos adelantar el tiempo diez minutos.

Yo nací en Rusia, dijo el segundo, y estuve al servicio de un ministro en Prusia, al que hice andar con especial cordura, porque siempre me ha servido, y no de ahora, retroceder el tiempo un cuarto de hora.

Andan muy mal, compañeros –dijo finalmente un cronómetro inglés. Hay que poner en regla los minuteros si de verdad quieren servir bien, pues la realidad no es de ningún modo un juego. Ya lo dijo el castellano:

No por velar amanece más temprano. Si del tiempo se trata, es inútil forzarlo, no se le precipita. Ni deteniéndolo el paso se le quita. Así que esta es una lección digna de conservarse en la memoria. Sobre todo, ustedes, políticos avorazados, retrógradas y vestiglos, no anden más aprisa o más pausado que los siglos.